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Barricada TV informa sobre falta de saneamientos en el barrio donde está el Centro 17 de Noviembre
2 de agosto de 2014
Publicado por Barricada TV, 24.07.2014
FRENTE A LA SITUACIÓN CRÍTICA MEDIOAMBIENTAL, SANITARIA E HIDRÁULICA, LOS VECINOS SE ORGANIZAN PARA CAMBIAR LA REALIDAD DE SUS BARRIOS
Lucha y organización frente a la desidia de la dirigencia política.
A menos de 30 kilometros de Casa Rosada se encuentra Ingeniero Budge, con casi 50000 habitantes, de los cuales muchos no tienen acceso a agua potable y están expuestos a altos grados de contaminación, como tantos otros bonaerenses que viven en los barrios de la ribera del Matanza – Riachuelo.
En gran parte del municipio de Lomas de Zamora no hay cloacas y por tanto, la situación hidráulica del municipio es crítica. En el año 2000 los vecinos se organizan en el “Foro hidrico de Lomas de Zamora”, un espacio colectivo para reclamar a las autoridades las obras públicas básicas en los barrios del distrito.
Liliana
24 de mayo de 2014
Publicado en El grito manso, revista barrial. Budge, nº 1, mayo 2014.
ENTREVISTA A LILIANA RAMÍREZ
Doña Lili, como le dicen todos en el barrio, tiene 39 años. Nació en Yuto, Ledesma, provincia de Jujuy. De muy pequeña su familia se mudó a Pichanal, en Salta, donde se crió junto a su madre y sus cuatro hermanos. "Allá se trabajaba en el campo, mi mamá cocinaba y planchaba ropa, yo siempre la ayudaba, hasta que quedé embarazada de mi primer hijo", cuenta Lili recordando aquellos años.
A los 15 años tuvo a su primer hijo, Gabi, y a los 18 años con su segundo hijo muy chiquito, Leo, Liliana quiso probar suerte en Buenos Aires. "Todos hablaban de Buenos Aires allá. Entonces yo quería venirme. Justo me había separado de mi marido y estaba trabajando en Salta, cuando me llama mi mamá y me dice que unas chicas iban para Buenos Aires y estaban en Pichanal, que si quería que me vaya con ellas. Esa fue la primera vez que vine". Así fue que se acercó esa joven de 18 años a la Capital Federal, llena de ilusiones. Pero… "Me trajeron engañada, las chicas eran amables, llevaban ropa para los hermanos que vivían en Salta, entonces yo pensaba: ‘Qué bueno, voy a trabajar allá, me va a ir bien para darle a mi mamá, a mis hijos y ayudarlos’. Pero cuando vine acá, la realidad era otra. Miraba lo que ellas hacían y yo me asustaba, llegaba una, llamaba alguien, al rato ya tenían comida, tenían todo, pero ellas plata no tenían".
Confundida en la gran ciudad, Lili salió a buscar trabajo y consiguió uno como empleada doméstica en la casa de un médico. Finalizando su primera semana de trabajo la fue a buscar (sin aviso) Mario, su marido, para que vuelva con él a Salta. Así fueron muchas idas y vueltas a Buenos Aires que Lili y su familia se fueron quedando de a poco en la gran ciudad de la que todos hablaban.
"Era joven, no sabía nada de la vida y andaba rebotando de aquí para allá. Con todo lo que me pasó, siempre la peleaba sola hasta que conocí a Mario que fue el único que me quiso así", dice Liliana riéndose un poco. Cuando se instalaron definitivamente en Buenos Aires, vivieron un tiempo en un edificio tomado en Flores, en una habitación que le dieron unos primos, y pudieron armar unas humildes paredes con cajones de manzana. "Y cuando estaba embarazada de Ailén nos vinimos para Budge, a lo de mi cuñada, por la calle Montiel".
"El 17 de Noviembre de 2008 se tomaron los terrenos. Como era todo un terreno baldío, se metían los chicos que robaban, autos que robaban. Hasta que mataron y violaron a una maestra, y se empezaron a tomar los terrenos para que se acabe la delincuencia. Yo no sabía nada hasta que un vecino me dio aviso de lo que estaba pasando". Así explica Liliana cómo fueron acercándose al terreno que tuvieron que cuidar día y noche, delimitado con unos palos y unos hilos. El tiempo fue pasando, el terreno baldío pasó a ser el Campo Tongui. "Yo no quería tomar ningún terreno, pero tampoco teníamos plata para comprar uno, ni nos daban ningún crédito", se sincera Lili, que tuvo que sobrevivir a las inundaciones y a las pestes junto a su marido y sus hijos.
- ¿Cómo empezó el Centro Popular 17 de Noviembre?
"Un día vinieron dos chicos de la universidad, haciendo una encuesta, pero después volvieron y me dijeron que querían ayudar a los chicos dando apoyo escolar. Yo les dije que sí. De a poco. Me acuerdo que nos sentábamos afuera con unas mesas y se daban clases de apoyo escolar, si querían ayudar nunca les iba a decir que no", recuerda Lili con una sonrisa. "Después esos dos o tres chicos que vinieron, ya eran como diez los que venían a ayudar. Hicimos de todo: hicimos locro, festejamos el día del niño, jugaron con los chicos y los ayudaron con el colegio. Sé que hace falta mucha ayuda y entendí que yo sola no lo voy a poder hacer. Todos esos sueños que he tenido de joven, van a salir, porque de joven me gustó ayudar. Tengo mis seis hijos y creo que pude hacerles bien a todos. Pero siempre pensé que cuando todos mis hijos se vayan, se independicen, voy a agarrar chicos de la calle para ayudarlos. Siempre que lo pienso me pongo mal, a veces no puedo ayudar a mis hijos y quiero ayudar a los de la calle. Pero también creo que mis hijos están bien, en cambio los que están sentados afuera no. Necesitan ese abrazo y esa contención; como yo, que no la pude tener cuando era chica. Se sabe que hay papás que tienen que trabajar y salir adelante y no es que los abandonen, sí o sí tienen que salir de la casa para no morir de hambre. Pienso que es así la vida, pero tendría que ser distinto".
- ¿Cómo surgió lo de la feria?
"‘¡Qué te parece Lili si hacemos una feria!’, me dijeron los chicos del Centro Popular 17 de Noviembre, que para mí son como mis hijos. Compartir todo eso con ellos es lindo”, cuenta Liliana. "Al principio, muchos vecinos no estaban de acuerdo con la feria. Ahora todos esos están en la feria vendiendo, eso me gusta".
"La feria generó contacto con los vecinos, con los de enfrente también, fue de lo más gratificante. A veces algunos tenían una mala imagen de mí porque no me conocían. Pero ahora me conocen y es diferente. Entonces, además de comprar y vender cosas, nos podemos conocer, vernos las caras, compartir un espacio. Yo a veces no salgo a vender nada, pero estoy ahí para alentar a los vecinos, les digo que salgan y que pongan que van a vender y después me agradecen porque capaz no tenían ganas de salir y yo les di fuerza, me siento bien con eso. Antes de la feria jamás hubiese pasado que nos apoyemos entre los vecinos", se sincera Lili.
"Ahora ando medio triste y el otro día me vió una de las vecinas y me dijo: 'Si vos podés, doña Lili, ya vas a tener tu panadería, el sueño que usted quiere lo va a tener, porque usted sí sabe pelear, nada más que cuesta…'”, confiesa Liliana entre algunas lágrimas que se escapan.
“Entonces el otro día empecé a amasar de nuevo. Me ven los vecinos, vienen y me dicen: '¿Ve que puede, Lili?'. Eso me vuelve a dar fuerzas para seguir adelante. Acá la peleamos siempre los siete, con Mario y mis hijos, pero seguimos adelante ayudando a los vecinos”.
Etiquetas: Artículos
Rodrigo, un efecto colateral
28 de junio de 2012
Artículo de Claudia Rafael difundido por la agencia de noticias Pelota de Trapo, dedicado a Rodrigo Simonetti, un niño de 11 años que apareció hace unos días brutalmente asesinado en un callejón (ver noticia).
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"Podría decirte muchas cosas más pero estoy quebrada…que también me siento entrampada en este sistema. Que frente a esto que te pasó no tenga explicaciones para darte. Que todo lo que hice fue poco. Que tengo en mi cabeza tantos otros inocentes como vos que sufren el desamor, la desidia y la desigualdad social”. (De la carta abierta de Paula, antigua maestra de Rodrigo Simonetti).
No hay coraza para tanta muerte. No hay sitio para refugiarse de esa
gigantesca crueldad entre las calles. No hay modo alguno de espantar la
desidia y la perversidad de un Estado omnipresente de los modos más
indignos. Rodrigo todavía sonríe desde esa foto. A pesar de todos hay
una foto, existe, es. Desde ahí dibuja un mohín por el que asoma una
chispa de alegría. Tenía once años y los dientes desparejos y ausentes
de la infancia. Integraba los abultados ejércitos de descarte que el
sistema va amasando pacientemente a través de los tiempos. Su grito
destemplado de cobijo y vulnerabilidad fue sordamente acallado por los
organismos del Estado que desvían peso sobre peso para suertes más
redituables al poder. Pero él en la foto sonreía. Con el escudo del Pincha para
frenar el derrumbe de la historia sobre sus propias espaldas. No pudo.
Demasiado frágil. Demasiado endeble para el peso de la pobreza eterna y
pertinaz.
Lo encontraron destrozado en un pasaje angosto de
Ringuelet, con su eterna camiseta de Estudiantes de La Plata y un buzo.
El fiscal buscará o no al culpable. Lo hallará, quizás. Lo acusará. Lo
juzgará, tal vez. A lo mejor, hasta lo condenará. O de lo contrario, la
crónica jurídica de su crimen quedará enterrada en cajones abultados por
otros tantos expedientes que contienen otros homicidios impunes. Pero
hay otros culpables que jamás son sentados en el banquillo. Que nunca
ven sus rostros expuestos ante los tribunales de los prescindibles de la
patria. Que tienen perfectamente aceitados los mecanismos estructurales
para nunca, jamás, tener que responder.
Rodrigo era uno en medio de
su batallón de hermanos. Había aprendido mansamente el oficio de estirar
la manito para pedir monedas. Cada tanto regresaba a esa casa tan
poblada de Altos de San Lorenzo, en los arrabales de La Plata. Ahí donde
el olvido reina los días de los desarrapados. A veces llegaba con
cuatro de sus hermanos a la olla popular de plaza San Martín. A pocos
metros del poder político de la provincia más poblada del país. A
segundos, nomás, del despacho de Daniel Scioli. Donde se presupuestan
bienestares ajenos a la infancia del olvido. Donde se pacta ese destino
cruento de arrojar por los despeñaderos los desechos de la producción.
Donde las calculadoras ubican el debe y el haber en el sitio exacto de
la inequidad.
“El gasto público para 2012 estará orientado a
equilibrar las políticas de bienestar, que privilegian a los sectores
más vulnerables de la sociedad”, dijo el gobernador meses atrás. Y
aseguró que “la acción conjunta y articulada de los distintos niveles de
Gobierno ayudará a minimizar los efectos colaterales” que la crisis
económica internacional pudiera generar. “Minimizar”, aseguró. ¿Hasta
qué porcentaje? ¿Dónde es aceptable detener la vara en la que se decide
que es posible convivir con la asimetría? Quizás el interrogante más
profundo sea el de saber el real significado de efectos colaterales.
Como en las históricas guerras petroleras estadounidenses, los efectos
colaterales están muy lejos del sillón de mando. Allí donde los
edificios enteros se desploman, donde los pulmones de los nadies
respiran napalm, donde las calles estallan de sangre y muerte, donde el
90 por ciento de las víctimas se llaman efectos colaterales. Se llaman
Rodrigo. Que era una muerte preanunciada en grandes titulares desde que
sus primeros berreos asomaron a la vida. Sin cohetes ni serpentinas que
aplaudiesen su llegada como la de una semilla nueva entre los
amaneceres de la tierra.
Rodrigo fue un efecto colateral. Por eso iba
tres veces por semana a un merendero. Por eso iba con sus hermanos a la
olla de la APDN en plaza San Martín. Por eso, Paula Luque, su maestra,
fue una y mil veces a buscarlo. Y no tuvo respuestas del Estado. Como no
las tuvo la APDN. Ni el resto de los Rodrigos que deambulan las calles
de los arrabales. Como no la tuvo tampoco la pequeña tucumana Mercedes
Figueroa, con sus seis años a cuestas. Aquella que derramó la bondad de
Beatriz Rojkés de Alperovich, presidenta provisional del Senado, que
cargó de culpas a una familia hundida en el abandono. Y que por estos
días dijo “al menos ahora vas a dormir tranquila, porque tu hijo no está
más en la calle” a Dora Ybáñez, madre de un chico muerto por el paco en
Tucumán. Tampoco hubo respuestas para Diego Gómez, masacrado en un
zanjón olavarriense a los 14. Sin padres ni abrigo. Con un policía
señalado por su crimen pero nunca investigado.
Unos y otros
encerrados bajo cielos oprimentes que destilan condenas. Víctimas de un
destino prefigurado hace cientos de años y perfeccionado en tiempo
presente. Expulsados a islotes perdidos de desolación y hambruna. Donde
la dignidad no entra ni tiene cabida, a los ojos de los poderosos. Donde
las penas enjugan las lágrimas en el barro del desconcierto y el
abandono. Donde el paco, el gatillo fácil, el hambre, el olvido son
piezas indispensables para el refinamiento del racismo sistémico de los
excluidos. Donde el destierro es el estigma sobre la frente. Hasta que
la muerte abre fauces y devora. Y el Estado, ahí sí, el Estado y sus
eternos jinetes del Apocalipsis ponen en marcha la maquinaria penal de
la culpabilización y la oscuridad.
Etiquetas: Artículos
Trece pibes menos
15 de junio de 2011
A veces los números de las estadísticas resultan fríos. Para ser conscientes de la realidad, conviene ponerle rostros. Y eso es lo que ha hecho la periodista y escritora Silvana Melo, la autora de este desgarrador artículo difundido por la agencia de noticias Pelota de Trapo y que reproducimos íntegramente. (Debajo aclaramos para el lector español algunos vocablos propios de Argentina).
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Cuna de angelitos sigue siendo Salta. Los niños se esfuman como burbujas de jabón y con ellos se va ajando la piel de la utopía. Se mueren de hambre. Son muertos, asesinados, exterminados como la semilla de la rebeldía. Cada niño que nace es la esperanza de volver al mundo patas arriba. De devolver la riqueza a las manos de los saqueados. De encenderle luz a un país que le desactiva el farol a cada ochava del futuro. Trece niños de poco menos o poco más que un año se han muerto desde enero a junio en Salta.
Brisa Castillo tenía apenas ocho meses. Respiraba fatigosamente en la misión wichi Salí, cerca de Embarcación. Frágil como un cristalito, murió el 20 de mayo en el Hospital de Orán. Presentaba un “cuadro de desnutrición agravado por una infección respiratoria”. Ocho meses logró sobrevivir en la humedad de la tierra olvidada, puesta a brillar como una lentejuela en el barro. Ocho meses atrás nacía y en ella se alzaba en llamas una esperanza. Es que cada niño que nace trae bajo la lengua la semilla de la rebeldía. Bajo el brazo, el pan multiplicador. En los ojos, la chispa de todas las revoluciones que no fueron. Por eso los acallan y los malalimentan. Y tantos se mueren antes de tener fuerzas para soplar una vela en el oscuro, sobre la torta (*) del porvenir.
Depende de dónde se nace para intuir cuándo se muere. Un bebé que nace en Formosa, en Embarcación, en Tartagal, tiene tres veces más probabilidades de no llegar a cumplir un año que un niño que nace en Belgrano o en Caballito. Más de veinte certificados de defunción diarios en todo el país determinan con un eufemismo cómplice que los niños mueren de paros cardiorrespiratorios. Detrás de la causa obvia, generalizada, está el hambre. Las enfermedades parientas, evitables, desencadenadas, convocan a la muerte cebada y lujuriosa, en los hospitales colapsados por falta de médicos, enfermeras, insumos y presupuesto.
Alit Morena Pacheco tenía la piel mate y se le achinaban los ojos cuando amenazaba con llorar. Un año y cinco meses de vida guaraní en Villa Rallé, en Pichanal. Hasta que el 8 de junio no pudo más. Las fuerzas no le alcanzaron nunca para caminar. Ni para hablar. Sus huesitos se quebraban con un soplo. No supo lo que era el agua buena, el calcio, las proteínas, los nutrientes, la leche tibia de las mañanas. Cuadro de desnutrición extrema, según el riguroso certificado de defunción del Hospital de Orán. Murió, dice el Tribuno de Salta que explican en el Hospital, por “shock séptico, a causa de neumonía bifocal derecho, anemia, y por un cuadro de desnutrición extremo que en términos médicos se conoce como kwashiorkor”. Una palabra impronunciable, tan compleja, para hablar de hambre. El kwashiorkor es un asesino de niños. Una enfermedad del abandono, un dolor de la intemperie, un crimen del desprecio. “Es provocada por la ausencia de nutrientes, como las proteínas en la dieta. Los signos de Kwashiorkor incluyen abombamiento abdominal, coloración rojiza del cabello y despigmentación de la piel”.
La Argentina tiene apenas el 0,65% de la población mundial. Produce el 1,61% de la carne y el 1,51% de los cereales que se consumen en el planeta. Pero nueve millones de chicos tienen hambre. Casi tres mil se mueren anualmente por desnutrición. Y otros tantos por hambres escondidas en fiesta de disfraz.
Mayra Ramos apretó el botoncito a la una y media de la mañana del 7 de junio. Lo tenía en la palma de la mano y sólo tuvo que cerrar el puño, con su último aliento. En segundos, no más, las alas se abrieron a la altura de los omóplatos. Y Mayra se diluyó en un vuelo azul, hacia un cielo donde la felicidad corre en arroyitos de leche y miel. Vivía a diez cuadras del Hospital de Orán. En una casita de aire y chapas, con veintidós personas más. Pesaba seis kilos cuando llegó al Hospital. La mitad de lo que pesa un bebé de once meses que no esté condenado desde el origen. Que no haya llegado al mundo como resaca de la vida. Como sobra que fastidia. Mayra iba a cumplir un año el 17 de junio. No tendría más cumpleaños que una mamadera (**) de agua verde y un pancito imposible. En febrero su madre la había llevado al Hospital. Pesaba cuatro kilos y la dieron de alta. Nadie la vio, sin embargo. Pudo ser ella la esperanza del mundo, cuando nació como una llamita de fósforo tenue en medio de la más rotunda oscuridad. Pero no fue. No pudo. La vulneró la atroz paradoja de nacer en una tierra con leche en sus venas y banquetes que brotan de su dermis. Nacer en el país del alimento. Y morir de hambre.
Mayra, como uno de los niños desnutridos de cada tres que se cuentan en Salta, debió ser controlada por el sistema de Atención Primaria de la Salud (APS) cada 15 días. Pero nadie la vio. Es que la casilla de aire y chapa amontonaba a veintitrés. Y ella era tan pequeña. Tan pequeña.
***
Se mueren y con ellos se muere la esperanza de cambiarlo todo. La subversión de lo establecido. El sueño de dar vuelta el orden como una media. Y que se encuentren arriba, de pronto, todos los condenados de la tierra.
“Allí están los niños que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ello otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación, o el delito”. Eva. Sesenta años atrás.
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(**) Biberón.
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